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lunes, agosto 29, 2005

XXI. Romanticismo


En las rejas de las ventanas colgaban lámparas de aceite, por los portones abiertos de los zaguanes salían carcajadas y gritos de tahúr, algunos corros de soldados se entregaban a la borrachera en los bancos de piedra de la plaza o en los zócalos azules de las casas. Cinco mil hombres cansados habían venido a pasar una semana a Fortanete.
Yo me paraba en todos los corros y miraba el rostro de los soldados jóvenes. Me molestaba la nebulosa de la noche y la sensación de que mis educadas maneras de preguntar no eran entendidas por la soldadesca, como si sólo pudiese hablar en mi lengua materna, o como si las palabras no llegasen claras a mi boca.
Puesto que todos los altos mandos, salvo el general Tiburcio, se habían quedado en la Iglesuela, la tropa se había entregado a una licenciosidad insólita. Soldados despechugados meaban por las calles, se escuchaban gritos de mujer por las ventanas, las timbas olían a navajazo y por todas partes había un par de valencianos tocando la gaita.
También salían de muchas ventanas gritos desabridos de soldados que querían descansar. La chusma se burlaba de ellos y les tiraba piedras a los cristales y les dedicaba blasfemias y eructos. A mí me daba igual que se burlasen de mi pata de palo, porque ninguno era capaz de llegar a las manos con un extranjero que se codeaba con Tiburcio y hacía retratos del rey. Pero es verdad que sentí alivio cuando traspuse unas calles, salí a una barbacana y encontré un final de calle tranquilo, junto a una era. Tan sólo, en uno de los pajares, se oía a una vieja cantando una nana:

Y un hijito que tengo
frailecito lo pondré
y si no quiere ser fraile
que vaya a servir al rey
que donde ha muerto su padre
igual puede morir él

Volví a respirar la noche clara desde la barbacana. Quizá hubiesen sido las lámparas de aceite de las calles, o el tufo agrio de excrementos y licores fermentados, pero todo ante mis ojos adquiría un tono verdoso, de agua sucia. En realidad miraba los ojos de los muchachos pero cada grito de mujer me horrorizaba, y en mi corazón se confundían borbotones de miedo y de celos, y mi mente enferma rechazaba como a los bichos del delirium tremens todas las imágenes de Manuela y Miguel amándose como descosidos. Era incluso irreverente, indecoroso, inmoral, pero yo estaba tan enfermo que en mi cerebro sólo contemplaba un amor apasionado entre ellos que yo no podía dejar de ver a través de las épocas tan robusto y feliz como siempre. Casi me daban arcadas cuando esas imágenes de Manuela y Miguel con varios hijos más, él un próspero artesano de la madera, ella en un gran telar donde pintaba escenas campestres con hilos de colores, me asaltaban con toda la rotundidad de su hermosura, y ni sabía entonces ni sé ahora qué era más doloroso, el haberla perdido antes de tenerla o el consuelo de que los dos, Manuela y Miguel, fuesen grandes amigos míos.
La vieja seguía cantando su nana, y cuando la acababa la volvía a repetir. Daba la impresión de que no estuviese acunando a ningún niño, sino espantando el miedo. A mí, sin embargo, el miedo se me había ido. Un batallón de aquilinos podría haber formado entonces delante de mí y yo no me habría alterado lo más mínimo, quizá porque todo el miedo se acumulaba en la certeza de saber que esos eran los últimos momentos de gloria. Quería encontrar al muchacho antes que ellos sólo por ofrecerle un último regalo de amor, una oferta infinitamente más ruin que las que yo le oí decir a Miguel cuando veníamos por el camino y los dos iban delante de mí con sus caballos. “¡Verás que huertos más hermosos tengo!”, le decía, ufano, Miguel, y le pormenorizaba las frutas y las verduras, los árboles y los ganados, la casa del pueblo y las tierras de labor, y era como aquellos pastores que ofrecían sus humildes bienes a las ninfas, a veces un poco brutos, o un poco desmedidos, pero siempre con esa emocionante transparencia de la noche, la entrañable nitidez de las montañas, la verdad de los pastos desnudos y de las ramblas pedregosas y de los barrancos profundos, la emoción de los bancales mientras yo apenas sentía latir mi mente intoxicada de romanticismo. Quería darles un último abrazo, pedir un último beso. Por eso había buscado al muchacho todo este tiempo, pensaba, y me torturaba barrenando en las mismas conjeturas masoquistas, como si el disfrute de aquel dolor sólo fuera posible a fuerza de autocompasión y de cinismo.
Volvió a cantar la vieja.

que donde ha muerto su padre
igual puede morir él

En la plaza se oían ráfagas de trompetas y sonaban disparos al aire como salvas de parranda. Volví al centro del pueblo entre vomitonas y soldados inconscientes, y me dirigí al Portal de la Cañada, por donde habíamos entrado. Busqué en los corros y en las timbas, en los pajares y en los palomares, a veces incluso con la diligencia expeditiva de los oficiales que entraban a las casas a registrar. Yo daba explicaciones, pero la gente no me entendía. Algunos me llamaban borracho, me echaban de los corrales donde había soldados durmiendo, llamaban al puesto de guardia cuando yo insistía en buscar al muchacho, y venían los guardias y yo intentaba explicarles pero las palabras no subían hasta mi lengua, y de mi expresión acalorada ellos sólo veían la solemnidad de un poseído.
Yo les ofrecía resistencia, pero mi cuerpo se dejó llevar. Yo les daba todo tipo de detalles, pero mi boca permanecía callada. Pasamos al lado de una cuadra, y unos pasos más allá salió corriendo una voz.
–¡Señor Charles!, ¡señor Charles!
Una espantosa rigidez se apropió de mi garganta, no pude volcar la emoción que había venido a luchar contra mi angustia.
–¿Está bien, señor Charles?
Entonces volví a calmarme. Me calmaron su sonrisa de niño y su mirada clara. Veía los contornos menos turbios, casi podía sonreír.
–¡Pero dónde andabas, muchacho! –pude decir, entre jadeos y labios torcidos.
El muchacho sonreía.
–Con el mariscal Tiburcio –dijo, como si todo le pareciese una graciosa confusión, y explicó:– Cuando nos atacaron en El Rallo, los llevé a él y a su guardia por un atajo hasta Fortanete. Me tratan muy bien. Ahora mismo estaba limpiando los caballos.
Pese a que sentía hervir la fiebre dentro de mí, y era consciente de que mi conciencia se desdoblaba en momentos de agonía, tan sólo fui capaz de decirle que fuésemos a encontrarnos con su madre. Los guardias por fin me dejaron, sentado en un banco de la plaza, y Juan no se separó de mí en ningún momento. Me condujo a los aposentos de los mandos, en un caserón algo apartado de la plaza del pueblo, junto a las cuadras donde Juan limpiaba los caballos. Allí nos recibió la guardia, que dejó pasar a Juan y me ayudó a moverme hasta un aposento donde había una cama.
La fiebre había ensangrentado mis ojos. Tuve delirios que ya no recuerdo, pero sí queda un resquicio para la figura siempre atenta del muchacho, que se sentó junto a mí y aguardó a que me calmase. El médico de la compañía me examinó y yo le oí decir que lo primero era que me bajase la temperatura. Me quitaron la pata de palo y auscultaron la herida, y yo los oí decir que estaba cicatrizando estupendamente.
–Para lo lentos que son estos zurcidos, este es un bordado de monja, sí señor –le oí decir al médico, antes de que se excusase para ir en busca de medicinas.
Juan me cambió los paños fríos de la frente, y me dio de beber agua en un vaso, y pasó su brazo por debajo de la almohada para incorporarme. Yo no podía abrir los ojos, porque si veía algo entre el resplandor de la palmatoria las imágenes se superponían en un vértigo de instantánea seriedad, como bengalas fugaces que se detuviesen un momento ante mis ojos para confundir el pasado con el futuro, los presentes con los ausentes y los vivos con los muertos. Una vez abrí los ojos y frente a mí estaba fray Aquilino con la mirada mística y el cráneo deshecho, y me aterrorizaba la idea de estar viajando al territorio de los muertos y que aquella fiebre fuese una agonía tortuosa, una crisis que devoraría mi cerebro pero dejaría mi cuerpo vivo, si alguien no lo devolvía a la existencia como Manuela devolvió a Miguel a la suya. Otras veces me veía transportado a otras figuras. Me veía dibujar en el cuerpo de Juan, mis manos en las manos del muchacho. Pero nada, ni aquel médico bonachón, ni Juan a mi lado cambiándome las cataplasmas o dibujando con mis ceras, ni la guardia que nos dejó pasar, nada era suficiente para estar seguro de que aquel momento era real: mi dependencia con Manuela hacía que mientras ella no estuviese presente nada fuera del todo verdad.
Y vino Manuela. Y las paredes encajaron en su sitio, y volvió el olor de la madera. No sólo estaba remitiendo la crisis, sino que la visión de Manuela me hizo entrar en un letargo de felicidad inerme, como un vacío del que no se pudiera volver. Me dejaba llevar por sus ojos consciente de que mi alma consumía más oxígeno del que podía permitirme en semejante estado de debilidad. Al principio, cuando me cogió de la mano, me bombardearon las imágenes de toda su vida junto a Miguel, igual que mi imaginación enferma las podía representar cuando sólo estaba celoso, pero ahora contemplaba esas imágenes con una conformidad y una placidez que al mismo tiempo que me extasiaba me producía pánico. Todo era cada vez más claro, todo cada vez mejor iluminado.
Manuela me habló largo rato, para que no me quedase a oscuras y en silencio, hasta que conciliara el sueño. Miguel se recogió, pero ella y el chico se quedaron toda la noche conmigo. No sé de qué le hablé yo, porque tampoco tengo conciencia de que entonces mis palabras pudieran llegar a mis labios, pero sé que ella me escuchaba con una sonrisa, por más que le contase mi sórdida infancia londinense, o mis tétricas aventuras amorosas, por más que le hablase de aquella vida gris que había visto por primera vez un día de sol cuando la vi a ella, cuando me dio aquellos huevos sin que se enterasen los arrieros, en el ventorro de Manzanera, la primera vez que la vi. Yo la miré aquel día como si en medio de mis desventuras hubiese venido a verme un ángel del cielo, pero entonces no podía decir nada por mi carácter algo retraído, porque acababa de verla y porque su belleza me dejó pasmado, pero ahora tampoco podía porque no era dueño de mis palabras. El miedo a estar muriéndome me aterrorizaba, pero las manos de Manuela me sumergían en una dulce claudicación, en una entrega lenta de las armas.
Quise gritarle que por ella había intentado ser más bueno. Quise decirle que guardase de mi recuerdo sólo aquello que la hiciera estar más orgullosa de sí misma. Quise decirle que había naufragado en la tormenta del deseo, como si fuese una mujer cualquiera, pero me había salvado porque mi conciencia no habría podido soportar ni una sola falta de respeto a su persona. Me habría vuelto loco antes de traicionar su lealtad, habría vivido en las tinieblas el resto de mi vida. Quise decirle que su afecto era mi única victoria, y que mi corazón ya sólo deseaba la larga y provechosa vida que le aguardaba junto a su hijo y junto al hijo del señor Pitarch.
No sé si mis palabras llegaron a mis labios, si en mis delirios se hizo paso la cordura. No sé si mi cuerpo llegaba a mi cuerpo, o iba desprendiéndose de él. Pero ella me miraba como si lo comprendiese todo.
–No padezcas, Carló –me decía–. No padezcas.

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