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lunes, agosto 29, 2005

XV. Una cosa caliente

Al pasar por los Órganos de Montoro me pegaron un tiro en la pierna. Yo sólo sentí una cosa caliente, como cuando dejamos distraídos el monóculo encima del muslo en un día de sol. Pero no fue un balazo, fue un rasguño, una erosión similar a las otras muchas que tenía de los arañazos de las zarzas y las púas de los endrinos, que rasgan la piel como un papel se rasga con una cuchilla, pero cicatrizan enseguida.
Pronto cesaron los picores, y yo, por si las moscas acudían, me lavé el rasguño con agua de lluvia y lo vendé con el pañuelo de seda que llevaba enrollado al cuello. No había dejado de llover en toda la noche, ni tampoco cuando nos amaneció por fin en Palomitas, a menos de una legua río abajo de Villarluengo. El río lame los pies de una roca gris como un castillo en cuyas almenas hubiese un pueblo. Para llegar hasta Villarluengo hay que subir una pendiente muy dura entre una trama de montañas espigadas, a mitad de la cual se abre al caminante una pared de piedra que al deshacerse va dejando desnudo el esqueleto de la montaña. Los regueros labrados por las escorrentías en la pared caliza son como una monstruosa formación de estalactitas que creciesen hacia el cielo. Me quedé pasmado, y en medio del pasmo sentí una cosa caliente y después el ruido del disparo, que había rebotado entre los espejos de las montañas y llegó a mis oídos demasiado tarde para ponerme a cubierto. Nada más sentir la herida corrí detrás de una carrasca que había por la parte de la montaña, porque en la cuneta de enfrente sólo se veía un precipicio.
–¡Miguel, cúbrete, nos están atacando! –grité.
Miguel me miró con el ronzal del burro en la mano, pero siguió caminando.
–¡Miguel, no seas burro! ¡Ven aquí inmediatamente!
Pero Miguel seguía caminando con los hombros descolgados y la nariz erguida. El chaparrón arreciaba. Sobre los pantalones encarnados le chorreaban manchas desteñidas de la casaca, y él dejaba que el agua le cayera en la frente a borbotones y le discurriera por la cara y apagase su sed. Sentí una pequeña explosión en una roca e instantes después el disparo de donde había procedido. Deduje que nos atacaban desde el pueblo, quizá Miguel veía las armas entre la lluvia, apuntándole a la frente, como a Paquico.
Las balas rebotaban en el hierro del cañón y descascarillaban láminas de roca, y yo me abalancé sobre Miguel entre la lluvia para obligarlo a que se tumbase. Pero era demasiado fuerte, no podía con él.
–Cálmate, Charles –me dijo, con la cara cubierta de agua, mientras yo le estiraba del brazo–. Cálmate –dijo–, ya nos han visto.
Miré hacia arriba y vislumbré entre la cortina de agua y los arbustos cristalizados una mano que se movía. También me llegó antes la visión que las palabras.
La cuesta era un lodazal. Las ruedas del cañón se hundían en el barro como un cuchillo en la manteca, se atascaba entre las piedras y había que controlar a Lucio porque si arreaba demasiado fuerte podía salir el cañón despedido hacia el precipicio, y con él el burro, y probablemente nosotros. Intenté desenganchar la cureña del cañón para tirarlo barranco abajo y librarnos de una carga tan estúpida, pero mis menguadas fuerzas no me dejaron sacar el gancho de la argolla.
El problema que tienen los muertos es que no hacen nada. Yo me dejaba los riñones empujando las ruedas atascadas, una vez estuvo a punto de enredarse la levita en los palos y pude detener al burro cuando el faldón estaba ya enroscándose en el eje, pero Miguel seguía en sus tribulaciones espectrales. Tan sólo, de vez en cuando, se limpiaba el agua de la cara.
–¡Pero chico, pero Miguel, pero si eres tú! –le dijo un hombretón de atuendo campesino, con una escopeta en la mano, que se vino hacia nosotros–. ¡Y cómo no me has echao una voz! –dijo.
–¿En este pueblo siempre reciben a tiros a los viajeros? –dije yo, en uno de esos raptos que me dan cuando ya no merece la pena ser valiente.
El hombre se deshacía en explicaciones mientras nos condujo hasta una pequeña plaza y allí pudimos guarecernos en los soportales, que también eran de ojiva, como en todo el Maestrazgo. El hombre nos explicó que Llangostera estaba dando constantes batidas por la zona. Había vecinos del pueblo apostados en casi todas las muelas estratégicas de la contornada, y lo habían visto arrasar a sangre y fuego las casas de Ejulve, y ya creían que estaría en Villarluengo cuando lo vieron pasar el puente del Vao, pero se dirigió hacia el sur.
–Esta mañana, nada más amanecer, estaban en las casas de Palomitas –dijo.
Miguel nos miró por primera vez en toda la conversación, pero no dijo nada. Sus labios permanecían tranquilos, pero en sus ojos vi un destello raro, como si quisiese decir algo que no le salía, o algo que una verdad más profunda le había revelado que ya era inútil decir. Yo creí interpretar sus pensamientos.
–¿Han hecho algún chandrío en Palomitas?
–Ni se sabe –dijo el hombre, rascándose la cabeza–. Si les dieron todo lo que pedían, a lo mejor hasta los han dejao vivos y todo.
Me acordé de la muchacha, de su conversación interrumpida por el rayo. Y me sorprendí preguntándole a Miguel:
–¿Le han hecho algo a la muchacha?
Miguel salió a descubierto y se dejó regar de nuevo por la lluvia.
–Un soldado ha intentado forzarla –dijo, después de mucho pensárselo. Miró al cielo y luego dijo:– Ella se ha escondido.
Después, por primera vez, se dirigió al vecino que la había emprendido a tiros.
–¡Cristóbal! –gritó, como si por fin hubiera podido arrancar de su pecho las palabras, como cuando tenemos sueños demasiado verosímiles–. ¡Amparo la de Palomitas quiere ir al baile de San Cristóbal! –dijo, y volvió a callar, derrengado por el esfuerzo.
Cristóbal lo entendió pero también se percató de que mi amigo estaba trastornado. Yo esbocé una mueca de complicidad.
–Nos atacaron en El Rallo –dije–. Todavía está bajo los efectos de la impresión.
–¿Y esa herida? –dijo Cristóbal, el cantero de Villarluengo.
–No es nada –dije–. Estoy más harto que dolorido, se lo puedo asegurar.
Cristóbal hizo señas de inmediato a dos vecinos armados que vigilaban las calles. Esperaban a los de Llangostera de un momento a otro.
–Llévalos al horno –dijo.
–¡Un momento! ¿Dónde está Juan, el chico, el hijo de Martín?
Cristóbal frunció el ceño y miró de soslayo al vecino que iba a llevarnos al horno, que se llamaba Facundo. Era un aldeano pequeño y calvo, con cara de bueno.
–Juan está en Fortanete.
–¡Pero cómo que en Fortanete! ¡Venga, hombre, no es posible!
–Estuvo aquí –dijo Cristóbal–, y le enseñamos la tumba de su padre.
–¿Y por qué lo dejaron marchar? ¿No se dan cuenta de que es un chiquillo?
–En estas tierras ya no hay chiquillos –dijo Cristóbal, serio, con un leve temblor en los labios.
Yo intenté que me contase más, pero Cristóbal no podía descuidar la guardia. Pudiera ser que los de Llangostera no hubiesen venido rectos desde Palomitas, por la misma razón por la que no pararon en Villarluengo cuando bajaban desde Ejulve. Se movían en etapas discontinuas, variaban el rumbo a cada tramo para no darles tiempo a los masoveros y a los pueblos a que se preparasen. Siempre atacaban por la espalda.
Facundo nos hizo una señal y nos metió por una calle cuesta abajo, pero Miguel se había quedado inmóvil junto al burro. Ahora era evidente que intentaba gritar, abría la boca y la retorcía y sus manos se clavaban en el aire.
–¡Vamos, Miguel, vamos al horno! –le gritaba yo.
Miguel estiró el cuello como si quisiera arrancarse sin las manos la cabeza, y profirió un grito espantoso, como un gallo de cantante de ópera, un gallo de pelea, herido de muerte:
–¡El burro también viene! –gritó.
Atravesamos una calleja, nos metimos en un portal oscuro, en una de las casas asomadas al vacío. A un lado del zaguán había colgados unos aperos y una manta de pastor. El hombre levantó la manta y descubrió en la pared una portezuela.
–Vosotros bajar. Yo meteré al burro por atrás en la cuadra –dijo Facundo.
–¿Sabéis cargar el cañón? –le pregunté.
–No –dijo Facundo–, ni falta que hace. Cuando se despeje todo te lo llevas.
Bajamos unas escaleras muy estrechas excavadas en la roca, debajo de la casa, y accedimos a una estancia abovedada de unos veinte pasos de larga por cinco de ancha. La bóveda era de clave baja, y estaba sujeta por arcos muy expandidos entre los que se alineaban baldas de madera con canastos y e instrumentos de panadero. En medio había una larga mesa de madera y a los lados artesas corridas. Al fondo, entre media docena de sillares, estaba la boca del horno.
–Quedaros aquí a descansar –dijo Facundo–. Y no encendáis ningún candil cuando se haga de noche.
–Bueno –dijo Miguel, que había vuelto a relajarse y las palabras le salían con mayor facilidad.
Estaba muy cansado y me quedé un rato traspuesto, mirando cómo Miguel se ponía de puntillas para que la corriente de un respiradero diminuto le llegase a la nariz. Recuerdo que fue un sueño de olores agradables. No era sólo el aroma del pan tierno, sino el de las boñigas de vaca que salía del corral de al lado y el de la tierra mojada después de un día entero de lluvia. Me sentí a salvo, como en un útero de pan bendito.
Desperté cuando ya era de noche, me sobresaltó el tumulto que se empezó a escuchar por la escalera. No se veía nada. De vez en cuando latía el resplandor rojizo de una vela, pero alguien la mandaba apagar enseguida y todos intentaban muy ruidosamente guardar silencio. Eran las mujeres del pueblo. Facundo entró con ellas, era el único autorizado para llevar un candil. Nos sentó a Miguel y a mí en una esquina, y fue diciendo a aquellos bultos que se movían entre las sombras dónde se tenían que sentar.
Por el respiradero entró un trotar de cascos de caballo y unas voces de gañán.
–¡Si no hay nada en esa casa, quémala! –se oyó decir, y un murmullo de espanto recorrió la bóveda.
Pronto las mujeres regresaron al silencio y luego se oyeron más voces, cabalgaron más caballos por el empedrado, y hubo un largo rato de profunda oscuridad en el que pareció que los hombres de Llangostera ya se habían ido. Sólo se oía la lluvia.
–¡Eh, busnó! –escuché de pronto susurrar a mis oídos. Una mujer se había deslizado hasta sentarse a mi lado y me hablaba tan bajo y tan cerca que pude escuchar el sonido de los movimientos de su lengua, y al mismo tiempo llegó hasta mí un aroma de monte que resucitó una parte de mi alma dormida desde hacía mucho tiempo, una excitación multiplicada por la oscuridad que me hizo percibir el aroma caliente de su cuello.
–¿Sí...?, –acerté a decir, arrebatado por un brote de lujuria.
–Mi chabó, dame mi chabó –susurró la mujer, oía los chasquidos de su lengua.
–¿Cómo?, ¿qué? –su voz era una música del cielo, pero yo no le entendía nada.
Entre nuestros murmullos, sin embargo, atronó una voz grave y cansada.
–¡Dice que le devuelvas a su hijo! –dijo Miguel, y las mujeres sisearon para que nos callásemos.

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