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lunes, agosto 29, 2005

XIV. Tormenta en Palomitas


Salimos del pueblo por el sur, por donde habíamos venido, paro nada más trasponer unas lomas le pregunté a Miguel cuál era el camino de Villarluengo.
–Supongo que no me harás ir hasta allí sólo por unas cuantas conjeturas infundadas, Miguel. ¿Estás seguro de que el muchacho iba a Villarluengo?
–Quería ver a su padre.
–Sí, Miguel, pero el chico iba vestido de guía de Navarra. Y como tampoco es tonto, estoy seguro de que sabrá lo que significa desertar.
Miguel se encogió de hombros. Era media tarde, el sol abrasador había remitido un poco, había vuelto la brisa. Al galeón rocoso de Cantavieja lo iba envolviendo un cielo con veladuras de añil. Seguir a Villarluengo podía ser una locura, pero cumplir las órdenes de Cabrera era una de esos aros por los que no estaba dispuesto a saltar.
–¿Por dónde mandaste al chico a Villarluengo?
Miguel se detuvo, cerró los ojos, elevó la nariz y estuvo un rato inmóvil y erguido, sus trances eran cada vez más prolongados.
–Le dije que viniese a Cantavieja, que desde aquí marchara al Hostalejo por el Barranco del Ombradal, por el camino que pasa al lado del Corral del Gusano. Desde el Mas del Hostalejo tiene que subir las laderas de la muela Monchén hasta el mas de las Brujas. Y luego ya no tiene pérdida. Ya no tiene más que seguir el río Palomitas.
–Muy bien. Seguiremos ese camino. ¿Hay algún sitio para pasar la noche? Sólo nos quedan tres horas de luz.
–Sí... –dijo Miguel, como abrumado por el esfuerzo de recordar algo sucedido en otra existencia–. Algún sitio habrá.
Volvimos a la entrada del norte, y pasamos por debajo del pueblo. Cruzamos un río, ascendimos por un camino, bajo un acantilado, entre bancales sin segar. Llegamos a otro río y trepamos un barranco hasta una casa, y descendimos otra vez por el paso de ganado, un agradable paseo por el azagador que nos llevó hasta el Hostalejo.
–Desde aquí podríamos seguir camino hasta Fortanete –dijo Miguel, con una media sonrisa sin malicia que a mí me pareció tenebrosa.
–De eso nada –dije.
Lo difícil vino luego. Había que subir hasta la casa de Las Brujas por una ladera empinadísima, o rodear la muela y dejar que se nos hiciese de noche en medio de un barranco. Miguel entonces cogió al burro del ronzal y caminó a su lado. Yo iba detrás, con el pequeño cañón apuntándome y dando botes entre los peñascos. No temía por el cañón, que estaba descargado, pero sí por las balas de los serones, porque yo no dejaba de pensar que el traqueteo cebaría las cargas de pólvora y saldríamos todos por los aires.
No sabría decir quién conducía a quien. Aparentemente era el burro el que llevaba la voz cantante, aunque Miguel no dejaba de animarlo con expresiones campestres y bocinazos de pastor que animaban a Lucio en su ascensión. Había sendas que se desvanecían y pasos de ganado cubiertos de maleza, pero el trazado del burro no hacía difícil la ascensión ni penosa la caminata.
Los burros tienen alma de ingeniero. La subida fue tan agradable que más de una vez me enjugacé mirando los eléboros y las peonias, los lentiscos y las bufalagas, y de pronto fui consciente de que estaba pasando por el borde de una pared y que un mal paso me despeñaría como a los soldados de Aníbal.
Llegamos arriba enseguida, y el burro puso un trotecillo que hacía repicar los cascabeles de sus guilindujes, y nos condujo a la fuente de la Zorra. La tarde se había cubierto de añil, bandadas de grajillas y arrendajos se arremolinaban en el aire, los cernícalos hacían guardia desde las alturas. Vi desde Muela Monchén el sagrado corazón de la tierra, su apacible majestuosidad. Las muelas cada vez más escarpadas se apiñaban a lo lejos en desfiladeros tortuosos, y el nítido perfil entre los montes se tiñó de violeta. Los desgalgaderos de áspera roca criaban tomillos y rosas silvestres, los barrancos conservaban su frescor secreto entre bosques de avellanos y avasalladoras madreselvas. No era solo la eternidad que se escucha cuando todo ha callado, ni tampoco la grandeza de un paisaje sobrenatural. Era, además de eso, junto a eso, las masías esparcidas y los bancales de trigo limpio, la desbordante austeridad de los arroyos, la imagen gigantesca de una naturaleza hecha con flores diminutas, con árboles sufridos y barrancos quejumbrosos, con ese gesto dramático de quien clama al cielo con las manos que yo veía en las ramas retorcidas de las sabinas y en las grietas ferruginosas de los cortados. Sobre el fondo morado del cielo se impuso un intensísimo magenta que se difuminaba en rosas claros hasta fundirse con las últimas claridades de la tarde, mientras descendíamos por el río Palomitas y nos asombraban las habilidades de burro para vadear los pasos ciegos y las asperezas de la ribera.
Miguel había dejado al burro solo y caminaba conmigo. Yo le había preguntado por casualidad cómo se llamaba una florecilla del campo, y a partir de entonces encontró la afición de nombrarme todas las flores y cortarme una de cada especie para que yo las fuese metiendo entre las páginas de mi cuaderno. Miguel me enseñaba una flor sencilla y hablaba de mentironeros, lechetreznos y quitameriendas, y lo hacía con esa disposición inagotable de las personas que han encontrado en una pregunta casual el contenido del resto de su vida.
Sin embargo, al margen de esa conducta propia de gente que se obsesiona con cualquier cosa, me impresionó su dramática necesidad de reconstruir la naturaleza por sus nombres, y no como si temiera estar entrando en el olvido, sino como si las tuviera todas presentes al mismo tiempo y mirarlas significase lo mismo que nombrarlas, como si la naturaleza entera se hubiese desplegado ante sus ojos en un espectáculo agotador en el que no había perspectivas sino sólo primeros planos, no figurantes sino sólo protagonistas, y todo reclamase entre sus manos el desesperado intento de sentirlas vivas.
Poco antes del ocaso el aire se nubló de cúmulos negros, las primeras rachas de viento agitaban a las sargas junto al río, y la tierra empezó a oler como si acabase de abrir todos sus poros, antes incluso de que la comenzase a refrescar la lluvia.
Estaba anocheciendo, pero antes distinguimos un corro de masías en una llanada, las casas de Palomitas, donde Miguel dijo que nos podríamos guarecer. El cielo estaba encapotado pero sólo veíamos, en medio de las nubes, resplandores cuyo trueno se desmigajaba unos segundos después, todavía lejos de nosotros. Miguel cogió del suelo una piedra, del tamaño de un caracol, y me la mostró en su palma extendida. Era una especie de valva estriada cuyo perfil parecía el de una paloma en pleno vuelo.
–Una palomita –dijo Miguel, y la contempló como si estuviera viva. Algunos años después, mi amigo el doctor Lyell me confirmó que aquella piedrecilla gris era un fósil de braquiópodo jurásico, muy abundante por las margas del Maestrazgo.
La masía principal tenía la puerta abierta. En la era de la entrada unas gallinicas picoteaban sin sobresaltos. La piedra rubia de la fachada se había oscurecido con el manto de los nubarrones, y un brillo sin destellos, de una transparencia inmaculada, pulía los contornos de los objetos.
Una moza con basquiña se asomó a la puerta. En una mano llevaba un perol y en la otra un cucharón de palo, y nos miraba con una seriedad que si no hubiese sido tan serena no me habría inquietado tanto. No movió un músculo del rostro hasta que no estuvimos frente a ella, y entonces me miró a mí a los ojos con una impudicia que casi me obligó a retirar la mirada, como cuando te deslumbra el sol o en el hogar de leña se prende un fogonazo.
–Va a llover –dijo, sin la menor simpatía. Dio unas cuantas vueltas al cucharón y después dijo a Miguel:
– Mete al burro al corral, anda, que se va a mojar.
Y se dio media vuelta y se metió en la casa. Miguel se fue con el burro y yo entré detrás de la moza. Era hermosa en su rigidez: el rostro enjuto, pecotoso, con los capilares rotos en los pómulos, la nariz chata, los labios tensos y delgados y los ojos grandes, azules, como si fuera la única parte del cuerpo que no había recibido la erosión de la vida campesina y la amargura de esta guerra inacabable.
Dentro, en un hogar de adobe con cadieras a los lados y un gancho de hierro negro colgando de la campana, un anciano de ojos neblinosos estaba preparando el fuego. Cuando yo entré giró la cara, me miró un momento sin que pueda describir ninguna expresión de su rostro, y poco después volvió al meticuloso trabajo de amontonar palitos con sus manos de sabina retorcida.
De una puerta del fondo salió una mujer no muy mayor, pero sí muy trabajada, con un rictus de esfuerzo que no modificó al convertirlo en austera sonrisa de bienvenida. Llevaba en la mano una gallina viva, cogida por las patas.
–Va a llover –dijo, y salió a la puerta y yo la seguí, por si quería seguir conversando. Caminó hasta un tarugo de cortar madera y en un hachazo rápido y certero puso a la gallina sobre el tarugo y le cortó el cuello. Mientras goteaba la sangre, apoyó la mano del cuchillo en la cadera, y dijo:
–¡Y a ver si acaban esta guerra de una vez, que esta gallinica es ponedora!
Ya no le oí decir nada más a la mujer durante la cena, ni tampoco, durante mucho rato, a la moza, que se sentó en una esquina de la mesa, junto al hogar, y me miraba con ese descaro portentoso, con aquella limpieza mitológica que a mí me hacía sentir tan lejos de la guerra y tan culpable de ser su íntimo enemigo. Inicié dos o tres veces la conversación, pero ellas se limitaban a mirarme y seguían comiendo el perol de sopas aldeanas. Miguel estaba callado, y el abuelo cuidaba del fuego, que servía para iluminarnos a todos. Veía tan solo el contorno del perol entre las sombras y el blanco intenso de los ojos de la moza. De pronto ella dijo algo:
–Miguel –dijo–, no estarás en San Cristóbal.
–No –dijo Miguel.
–¿Y al año que viene?
–Tampoco. ¿Y tú?
La moza hizo un mohín.
–Yo tampoco.
En ese momento un trueno partió el velo del firmamento y crujieron las vigas de la masía. Fue un estampido formidable, como si hubiera caído el rayo entre nosotros, como si estuviéramos en el centro mismo de la tormenta, en aquella parte de la nube donde se desatan los truenos y estallan sus terroríficas detonaciones. Ningún cañón revienta con estruendos tan aparatosos. Varias lozas se rompieron y yo me llevé un susto de muerte, pero los habitantes de la masía siguieron comiendo la sopa, y Miguel también. Yo me alarmé tanto que la moza recuperó la sonrisa y dijo, sin ganas:
–Vaya susto...
En ese momento Miguel se levantó y fue caminando hacia la puerta. Su silueta se recortaba en la luz irreal de los relámpagos. En el quicio de la puerta volvió a cerrar los ojos y a levantar la nariz. Hasta mí llegaba la salvaje turba de todos los aromas desatados. A él parecía que las sensaciones lo estuvieran acribillando, y cada estampido de los truenos le arqueaba la boca como si la tormenta estuviera descargando en sus entrañas. Se giró hacia nosotros, nos miró con su rostro cansado, y dijo, muy serio, con voz altitonante, con una seriedad que no se me olvidará en la vida:
–¡Voy a echarle de comer al burro...!
Dormimos en el pajar. Toda la noche sentí quebrarse los muros con la tronada. Por un ventano vi una chispa fulminar un pino y luego un fuego rojo cada vez que los rayos iluminaban el valle. Entre las rendijas de las tablas oía mugir al ganado, y veía que las puntas de los cuernos de las vacas despedían refulgentes culebrinas. Entre trueno y trueno, Miguel dormía un sueño del inframundo, sus hondos ronquidos de Polifemo servían de contrapunto a las centellas, y tenían algo, un débil gemido al final, un hilillo leve, como el grito de un niño que estuviera soñando con la muerte.

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