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lunes, agosto 29, 2005

VI. Las vacas del Sol


Llegué a la ermita entre el griterío de los pájaros que llegaban en bandadas desde el valle y se posaban a dormir en los saúcos. Frente a mí la Peña del Morrón se recortaba en una sombra violeta con pinceladas de matojos y de piedras. Tras una loma se veían columnas de humo desvanecido, hilachas dormidas, en el inmenso añil, de las hogueras donde asaban a los animales. Conforme me iba alejando del pueblo, el rumor de risotadas, de relinchos, de órdenes de capitán y gritos de vaquero se fue apagando y yo sentía entrar más aire en mis pulmones y que las manos se me deshinchaban.
A mitad de la cuesta, en una de las estaciones del calvario, encontré un puesto de guardia, dos soldados que al ver mi atuendo se cuadraron, pero me exigieron la documentación con cierta brusquedad. Pasé un mal rato. La tropa odiaba las sotanas y las levitas. La cantidad de civiles desocupados que zumbaban alrededor del rey era suficiente para fundar un pueblo entero y ponerlo en funcionamiento. El general Oraa llevaba persiguiéndolos desde que llegaron a la provincia de Huesca, hacía ya casi dos meses, y las tropas carlistas lo habían derrotado allí y en Barbastro, pocos días después, a costa de la sangre de los voluntarios, mientras los señoritos de medias blancas y hebillas en los zapatos se escondían debajo de la cama.
Sin embargo, las faltas de respeto con un civil cercano al cogollo de las boinas se pagaban muy caras. Era una de las escasas muestras de auténtico poder que le permitían a don Carlos, y sólo mientras pasaba por allí. Los hombres de Cabrera eran los que más odio destilaban. Odiaban todo aquello que no fuese la lujuria de la muerte, y las bromas pesadas se les escapaban sin querer, como un eructo provocador, cuando pasaba junto a ellos alguno de nosotros. Porque yo, a sus ojos, era un señorito más.
–¿Adónde va usted? –me dijo uno de los soldados de guardia, colorado, pescozudo, cuando le enseñé mis credenciales.
–Voy a dar un paseo hasta la ermita.
–Allí no hay nada.
–Por eso voy.
Quizá la larga sesión con aquellos fantoches del cuartel real me había vuelto un poco insolente. Quizá me traicionó saber que eran simples soldados rasos.
–Usted verá –dijo el soldado, levantando el fusil un palmo del suelo–. Si cuando vuelve ya se ha hecho de noche, yo no respondo.
–Bueno, bueno –dije yo, un poco harto ya de tanta retórica soldadesca–. La noche está muy clara. Ya volveré silbando una cancioncilla.
–Qué cancioncilla.
–Un aria de Mozart –contesté.
–¿Y no puede ser una jota?
–No sé silbar jotas.
–Pues silbe lo que pueda, pero vaya con pies de plomo.
Al final de la cuesta, asomada a una peña, había una explanada con un saúco medicinal y una masía. Me llamó la atención que no la hubiesen empleado para alojar una guarnición, ni siquiera un racimo de curas. El portón del patio estaba abierto. Dentro, atado a una argolla de hierro, descansaba un burro. Di un par de aldabonazos en la recia puerta, y pronto escuché unos pasos rápidos de alpargatas que acariciaban las losas.
Me abrió un monje muy pequeño, calvo y con la mirada viva y el aspecto risueño que se les queda a los ancianos bondadosos cuando se les terminan de caer los dientes.
–He venido a ver la ermita.
–¿Cómo? ¿Y ha venido solo? ¡Vamos! ¡A quién se le ocurre! ¡Pase, pase!
–¿Hay peligro? –le pregunté, mientras pasábamos a un patio de cantos rodados dispuestos en forma de flor. Tenía el sugerente dibujo de la simbología druida, igual que muchas piedras de los dinteles, de las jácenas y las dovelas, que representaban antiguas inscripciones mistéricas y daban a la entrada de la iglesia un aire de ritos nocturnos y bardos adivinos, aparte de un inconfundible perfume a trementina que salía de algún sitio de la casa.
–Estas piedras son muy antiguas –observé.
–Sí, llevaban mucho tiempo en unas casuchas de allá abajo. Me las he ido trayendo para remendar un poco los muros.
–¿Por qué no vienen los soldados a dormir aquí?
–Es merced del Padre Echevarría. Éste, aunque pobre, es un lugar sagrado.
–¿Y los curas?
–Los curas dicen que aquí hace mucho frío. Sólo pasan los adelantaos, pero hace un par de días a uno casi lo fríen a tiros. Los guardias estaban borrachos –dijo el hombre, meneando la cabeza, mientras caminaba como un duende hacia la capilla.
Fray Bernardino abrió la puerta, todavía se derramaban desde las vidrieras las últimas luces de la tarde, que me recordaron la iluminación que vi en el sótano de Tadeus Hunt, ese momento en que la luz no disimula nada y las cosas laten nítidas en su verdadera medida, poco antes de que se desvanezcan en la sombra.
El olor a trementina, o algún disolvente casero, provenía del altar. Fray Bernardino había construido un andamiaje de palos y nudos de esparto con el que se podía recorrer la bóveda de la capilla. Allí pintaba y repintaba cenefas llenas de volutas y de acantos, florindangas de colorines, plumas de ángel y ojos de santo, todo con el primor de un amanuense que minia las hojas de un libro sagrado y el desparpajo del artesano que pinta sin dudas ni planteamientos generales. Tenía, además, el encanto místico de la eterna repetición, allí subido, como Simón del desierto, como pez que barbea en una cúpula de yeso y caña, o en el mismo cielo.
–Suba, suba –me dijo, encaramándose a aquel castillo de naipes viejos.
–¿Y usted cree que nos va a resistir a los dos?
–¡Pues anda!, ¡pues claro! ¡Cómo se va a caer, si no se ha caído nunca!
Fray Bernardino subió como una ardilla, y cuando ya estaba arriba me dijo los palos donde tenía que poner los pies y los nudos de esparto que tenía que agarrar con la mano. El andamio estaba hecho con arreglo a su estatura, de manera que tuve que ver su obra en cuclillas, iluminado por un hachón de aceite, con el suelo temblando bajo mis pies. Él se movía por el andamio como la ardilla cuando ya ha subido, yo intentaba no mover deprisa la cabeza. Oscurecía.
–¿Es usted valenciano, fray Bernardino?
–¿Yo? Pues sí, claro que sí...
En nuestro desvío por tierras de Cataluña y de Valencia yo había visto esos colores en los azulejos y esas florindangas en las fachadas de las iglesias, esos mismos tonos llamativos, profundos, naturales, como de sedería mahometana.
–Y esto, ¿lleva mucho tiempo haciéndolo?
–Pues sí, o no, no sé... ¡Es posible!
Seguí sus instrucciones para bajar de aquella formidable máquina de ingeniería, que resistió mi peso por razones de física sobrenatural.
–Está entrando la noche, fray Bernardino. Debería volver al pueblo, pero me gustaría venir por la mañana y sacar algunos apuntes de la ermita, si no hay inconveniente.
Nuestra charla de pintura nos había hecho amigos, y el ermitaño insistía en el peligro de bajar al pueblo con la noche cerrada.
–No se preocupe, fray Bernardino. No me pasará nada.
Me despedí de él y aspiré el aire de la noche. Los grillos habían sucedido a los vencejos. Una sombra azul se extendía hasta los límites del cielo y se divisaban los caminos y el resplandor de las hogueras al otro lado de las lomas, como si el día se hubiese detenido justo antes de anochecer del todo. Me puse a silbar una cancioncilla, pero aún no había pasado de los últimos misterios del calvario cuando escuché un estallido destartalado y una bala me pasó rozando la cabeza, o esa impresión me dio. No pensé en nada, en esos momentos no se piensa en nada. Me agaché, me di la vuelta, y volví corriendo a la ermita. Fray Bernardino me esperaba en el portón.
–¡No dirás que no te lo he advertido!
–Sí, sí.
El abuelillo trancó la puerta y yo lo seguí al zaguán de los motivos druidas.
–¡A quién se le ocurre! ¡Con la tirria que os tienen a los ingleses! –rezongaba el fraile, y abría las puertas por las que antes no me había invitado a pasar.
Atravesamos en un corredor lleno de aperos de labranza contorneados por los resplandores de luna, a pesar de lo cual me di con los bocados herrumbrosos que colgaban junto a las colleras. Los frenos tintinearon y yo ahogué una maldición, y cuando me palpé la frente sentí el frescor de la primera sangre sobre la yema del dedo.
–Cuidao –dijo fray Bernardino.
Luego pasamos por una cuadra vacía, un lagar cuyo hedor fermentado me recordó los figones de Londres, y varias otras estancias a derecha e izquierda que casi hacen rendirse a mi sentido de la orientación. Al final abrió una portezuela en un altillo.
–Aquí dormirás tranquilo –dijo.
Cuando salía por la puerta, fray Bernardino se giró hacia mí, encendió un candil que dejó colgado de un clavo; entre las sombras coloradas me dedicó la sonrisa del niño que se despide de su amigo pensando en el próximo día de juegos, y me dijo:
–¡Y mañana, a pintar! –y riéndose por lo bajinis desapareció entre las tinieblas.
La celda, con un nicho empotrado en el muro, había servido de palomar. Las paredes estaban llenas de hornillas triangulares, los descalzaderos las perforaban junto a la tejavana que, según mis cálculos, daba al acantilado de poniente. Entre las pajas apelmazadas del nicho quedaban plumas y palomino seco. Cuando uno está en la guerra, sin embargo, la higiene sólo significa un lugar seguro, así que me tumbé en el nicho, que me venía pequeño, y me dispuse a descansar un rato.
Apagué el candil, pero cuando mis ojos se acostumbraron a la noche volví a ver hilos de luz azul que atravesaban las troneras diminutas. Me pareció escuchar una especie de zureo, como si un palomo dormido hubiese cambiado de postura, y ver los ojos glaucos de algún bicho. Estaba en el palomar de una masada de lo alto de un cantil, pensarlo me estremecía, pero al mismo tiempo me hacía sentirme seguro, como si determinado tipo de belleza, la de la inmensidad arrasadora, la de la noche inabarcable, me reconciliase con la sensación de no haberme perdido del todo.
Lo que sonaba como un zureo nocturno me pareció después ruido de viento y después mugido lejano, y lo que creí tintineo de los aperos o herrumbre de la veleta terminó siendo un inequívoco cencerro. Me pregunté si el señor Pitarch y sus vecinos no habrían guardado allí algunos animales como si fuesen las vacas del Sol, para no morirse durante el invierno. Me pudo el insomnio y la curiosidad, y cierta aprensión que me daba el palomar, todo hay que decirlo.Traté de desandar los vericuetos de fray Bernardino, sin hacer ruido ni darme golpes con los aperos. Acabé en un lugar distinto del que yo creía, abrí una portezuela y vi que daba a una escalera de piedra colgada de la fachada en la vertiente del precipicio. Los mugidos y los cencerros provenían de una puerta que vi al pie de la escalera. Embriagado por las circunstancias, decidí bajar. El abismo que se vislumbraba entre la noche clara me hormigueaba en el estómago, el viento me golpeaba en el rostro, me escocía la herida de la frente. En los últimos peldaños encontré un resguardo. Me apoyé en la puerta y apliqué el oído a las rendijas. No eran mugidos, ni cencerros. Eran voces.

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