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lunes, agosto 29, 2005

XIII. Un obsequio del general Cabrera

Desde que pinté al general Cabrera ya no hay retrato que se me resista. Él quería ver al militar valiente, generoso y sádico que veían sus tropas. Les debía producir admiración y miedo al mismo tiempo, debía quedar escrito en su gesto apretado que él jamás abandonaba la ortodoxia más inflexible ni los más rigurosos principios, que tenía una mano abierta para los suyos y un látigo enroscado como una vívora para sus enemigos. En su mirada no debía quedar margen para la debilidad. Hay personas cejijuntas y miopes que dan la sensación de ser impermeables al sentimentalismo, y mucho menos al regalo y la molicie de quienes formaban el séquito de don Carlos. La admiración, o una parte de ella, debía proceder precisamente de su sobrehumana capacidad para no tener sentimientos cuando él consideraba que no había que tenerlos.
Así fue en el caso de los prisioneros de Burriana, de los que se trajo a Cantavieja y de los que ordenó fusilar antes de salir del pueblo porque otros vecinos denunciaron su militancia constitucional. Transigía con los bárbaros que torturaban a los prisioneros antes de matarlos, pero él mismo ejecutaba la sentencia cuando alguno de sus soldados violaba una ordenanza, por insignificante que fuese.
Y así pinté a un hombre sin sentimientos, pero no con el desdén de ojos caídos de quienes se regodean en la crueldad, sino con la firmeza nerviosa de quien no tiene tiempo para melancolías.
–No está mal.
–No he podido hacer más que un boceto, general.
–Pero no está mal.
–Muchas gracias, general.
–Eres el primer inglés que veo en mucho tiempo al que no me dan ganas de apretar el cuello.
–Muchas gracias, general.
Cabrera volvió a mirar por la ventana y reanudó su incesante actividad.
–Hablas bien el español, Charles. ¿Charles qué?
–Charles... Lamb –contesté yo, con un nudo en la lengua, pronunciándolo todo lo mal que pudiese.
–¿Lamb has dicho?
–Sí, señor, es un apellido muy común en Londres. Siempre tengo problemas de identificación porque la gente me confunde con otros Lambs. Hay cientos, miles de Lambs, general. En Inglaterra la cabaña de Lambs es muy nutrida, je, je...
El general torció el morro.
–¿Dónde has aprendido a hablar tan bien el español, Charles Lamb?
–En Eton, señor. Tuve la gran suerte de que mi tutor fuese de origen español.
–Es una gran suerte, ya lo creo –dijo, desplegando el látigo y volviéndolo a plegar–; como es una gran suerte retratar al rey, o retratarme a mí, o recibir órdenes de Su Majestad, o recibirlas de mi persona.
–Desde luego, ya lo creo que sí, general. Es indudablemente una gran suerte.
–¿Y cuál es la orden que te dio Su Majestad?
–Dijo que no conocía Fortanete, y que, como la Expedición no tiene previsto pasar por allí, le dibujase unas vistas del pueblo.
–Ya –dijo Cabrera. Se volvió a sentar en la silla donde lo había retratado y miró al techo durante unos momentos–. A Su Majestad le gustan mucho las vistas –dijo, y luego añadió:– Si por eso fuese, ya puedes ir pintando vistas de Madrid...
No respondí. Ni le pregunté que me aclarase la indirecta. No dije nada. Él se volvió a levantar, se acercó al retrato y lo miró con los brazos cruzados, sujetándose la barbilla con una mano.
–¡Pues nada!, si el rey ordena que vayas a Fortanete, habrá que ir a Fortanete, ¿no te parece, Carlos Cordero?
–Sí señor.
–Debo ser disciplinado... –dijo, y descruzó los brazos y los puso detrás de la espalda, con el pecho muy elevado, como mirándome desde lejos–. Ve a Fortanete y haz lo que te han ordenado. Pero...
El general dudó un momento. Yo no dije nada.
–Pero vuelve antes de regresar a La Iglesuela. Quiero ver lo que has pintado. Debo ser muy vigilante con los deseos de Su Majestad –dijo, con indisimulado retintín.
Cabrera volvió a mirar el cuadro, en la misma posición napoleónica, pero de arriba abajo, como se contempla un paisaje después de la batalla.
–Y me imagino –dijo, en voz grave y muy baja– que no perderás el tiempo retratando vagos. Conozco bien Fortanete, Carlitos Lechal, en esta tierra lo conozco todo. Esta es mi casa, Dis is mai jaus –dijo el general.
–¡Oh, general, qué espléndido acento inglés tiene mi general! –dije yo.
–Gracias. Me gusta el cuadro, creo que has captado... –dijo, y se puso a enroscar en el aire un tubo imaginario–... mi fondo noble, eso es, mi fondo noble. Todos estos señoritos piensan poco menos que soy un asesino sanguinario, pero aquí se ve lo que soy, una buena persona, el hijo de mi madre, que se limita a no engañar a nadie y a cumplir con su deber.
–Me halagan enormemente sus palabras, general.
–Quiero compensarte. Sí, Carlos Mardano, te voy a compensar. Ya sabes que dinero no puedo darte porque Su Majestad es lo primero, ni caballos tampoco porque vamos bastante justos, pero quiero que te lleves un obsequio de mi parte.
El general se acercó hasta mí y me puso la mano en el hombro. Yo contuve la respiración para no alterarlo con mi aliento.
–Te regalo el cañón ese que has traído. Sí, te lo regalo. Además te sienta bien, es inglés. Ese cañón se lo quité yo en persona, ¡yo en persona!, ¡yo bajándome de mi caballo!, ¿has oído?, ¡yo con mis manos se lo quité a los guiris! Llegué, vi que estaban cebando el cargador, me bajé tranquilamente del caballo, con dos cojones, y antes de que lo hubieran conseguido cebar les di un par de hostias a cada uno y llamé a mis hombres para que se llevasen el cañón. ¡Manda huevos!, ¡no podían cebar el cañón! Yo me di cuenta desde lejos: ese cañón está defectuoso, esos guiris no van a poder cebarlo. Un cañón de fabricación británica, amigo Charles Lamb, es bastante peor que los que fundimos nosotros en Villarluengo. ¿Conoces Villarluengo?
–¡No...!
–Allí estoy montando yo una fábrica de armas y de moneda y timbre que va a dar mucho que hablar. Te aconsejo que lo visites.
El general, por fin, se retiró de mis narices. Su aliento olía a sebo podrido. Se dio la vuelta, asumió de nuevo el tono ágil de quien reparte órdenes a destajo, volvió a sacar legajos de los cajones y me dijo:
–Llévate el cañón... Y no lo pierdas. Es un regalo del general Cabrera.
Salí de allí lo antes que pude. Antes de acceder al porche, apoyados en las rejas de la entrada, con aire chulesco, reconocí a fray Aquilino y al doctor Polaino. Yo pasé a su lado como si no los conociera de nada.
–¡Eh, tú!, inglé –gritó el doctor Polaino.
–¿Es a mí?
–Vente pacá. Hajme un retrato.
El cuadro del general Cabrera me había dado una extraña serenidad:
–Lo siento. No tengo tiempo, debo partir de inmediato.
–¿Ande vas? –dijo Polaino.
–Voy a cumplir una misión a Fortanete, no puedo perder el tiempo.
–¡Pos si no te cuesta ná...! –dijo Polaino.
Ya había reiniciado la marcha, pero me detuve un momento.
–Yo sólo hago retratos de personas importantes –dije, sin volverme siquiera.
A Polaino se le abrió el esfínter de la violencia, como un resorte imposible de sujetar, y se puso la mano en la pistola. Entonces intervino el cura.
–¡Quieto parao, Polaino! –dijo, y compuso la sonrisa viperina de aquellos monjes que se sosiegan complaciéndose con la venganza eterna. Luego se dirigió a mí:
–Otro día, cuando tengas tiempo, nos sacas un retratillo...
–Adiós muy buenas –dije yo, y salí al porche.
Miguel seguía sentado en la pilastra del soportal, pero lo rodeaban algunas mujeres del pueblo, abuelas y madres enlutadas que atendían con esperanza y estupor las palabras de mi compañero. El burro seguía en el mismo sitio, y el cañón también.
–¿Y qué ha sido de Matías? –preguntaba una vieja con pañoleta negra.
–Quedó en el asalto a Castellón.
La vieja rompía a llorar y a hacerse cruces, y cruzaba la plaza clamando al cielo.
–¿Y Chaume, has visto a Chaume? –preguntaba otra.
–Está en la cárcel, en Tortosa.
–¿Pero está bueno?
–Le dieron en una pierna. Mal que bien se va curando.
Una mujer joven con un hijo en la cadera se hizo paso entre las viejas.
–¿Sabes algo de Paquico? ¿Está en La Iglesuela? ¿Te ha dicho si va a venir?
–Lo tienes muerto en El Rallo. Le alcanzó una bala en la frente –dijo Miguel, sin la menor perturbación de la voz, con el acento neutro de quienes hablan bajo los efectos de la hipnosis.
La mujer quedó sin habla, y yo aproveché para coger a Miguel del brazo.
–Tenemos que irnos, Miguel. No hay tiempo para dar partes.
–¿Pero estás seguro? ¿No te habrá parecido, Miguel? ¡No digas eso, Miguel! –le decía la mujer, con el hijo en la cadera, conforme se le iba quebrando la voz.
–¡Vámonos de aquí! –dije, todo lo estricto que pude.
Miguel dejó de hablar y las mujeres comenzaron a esparcirse.
–¡No le hagas caso, Alegría! ¡Ése se ha vuelto loco! –decían las viejas a la muchacha, y le cogían al niño en brazos mientras ella rompía a llorar.
–Miguel –le dije, en las maniobras con el burro–, ¿por qué has sido tan cruel?
–Les he contestado lo que me preguntaban.
–¡Pero tú qué sabes, Miguel! De acuerdo, viste a Paquico en El Rallo, pero no sabes cómo está el de Tortosa, ni tienes por qué saber si Matías murió en Castellón o no. ¿Sabes por qué las bajas en combate debe firmarlas un general, lo sabes?
–No.
–Porque es todo el ejército, todo, el que debe asumir la responsabilidad de dar semejantes noticias. Tú lo único que puedes hacer es destrozarles la esperanza.
Miguel quedó un momento en suspenso, levantó el cabezal del burro y pasó la mano por el pelo del animal.
–Chaume ha muerto en el hospital de Tortosa –dijo, como si acabara de fallecer en esos mismos momentos.
–No digas tonterías. Vámonos a Villarluengo, ¿o también el chico está muerto?
–No –dijo Miguel–. El chico no está muerto. Trataba de no darle importancia, pero me acordaba como si las estuviera escuchando de las palabras del maestro Polidori, insigne mesmerista, experto en vampiros: “De todas las voces que circulan por el aire”, decía, “apenas escuchamos a los pájaros”.

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