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lunes, agosto 29, 2005

XII. ¡Viva el rey y viva don Ramón!

Lo que yo sabía entonces de Cabrera era lo que me había dicho de él Lewis Gruneisen mientras estábamos en La Iglesuela o lo que me dijo Miguel, el hijo del señor Pitarch, cuando partimos hacia Fortanete, antes de volverse loco.
A Lewis le parecía un tipo con suerte que había sabido aprovechar sus oportunidades. Según él, se le apareció a don Carlos cuando peor estaba la Expedición, perdida por Cataluña, con soldados que se les morían de calor y pueblos como Solsona donde no encontraban más que casas incendiadas, y con una tropa exhausta que a la mínima pensaba en desertar o preparaba trifulcas que terminaban a tiros, como sucedió al pasar el Priorato, de sabrosos vinos, donde el grueso de la Expedición agarró una borrachera tremenda y prendió una reyerta entre el batallón de granaderos y la caballería. Era la serpiente hambrienta que empieza a devorarse a sí misma, y que, llegada al ancho río, resulta que tampoco sabe nadar. Entonces apareció Cabrera.
Cabrera fue muy astuto. Estando en Calaceite se enteró de que la Expedición Real las estaba pasando canutas. Iban a llegar al Ebro, las tropas de Oraa les disparaban cañonazos sin puntería desde los montes de alrededor. Cabrera envió comisionados para ofrecer su ayuda al Pretendiente, y mandó a Forcadell y a Llangostera, sus lugartenientes en el sur de Aragón, a que se moviesen por las tierras de Alfambra, a cinco leguas de Teruel, y esperasen allí sus órdenes. El general, entretanto, partió con sus hombres por el camino de Castelserás, y en Xerta, a dos leguas río arriba de Tortosa, su pueblo natal, se encontró con la Expedición, que lo acogió como si se le hubiese aparecido la Virgen.
La Expedición no había podido llegar hasta Tortosa porque allí se habrían encontrado de bruces con los liberales de Borso, ni a Mora de Ebro, donde el general Nogueras los esperaba con cinco batallones, pero Cabrera se las arregló para traer desde San Carlos de la Rápita las suficientes lanchas y almadías con las que cruzar el Ebro, y dejó incomunicados a los liberales y marchó río abajo, a enfrentarse con Borso.
–¡Muchachos, el rey nos mira! –les decía Cabrera a sus tropas.
–¡Viva el rey y viva don Ramón! –gritaba la soldadesca.
Fue una batalla muy interesante desde el punto de vista de la estrategia. Murieron doscientos hombres.
Todo fueron parabienes en la corte para recibir al héroe. El rey lo nombró comandante general de los reinos de Aragón, Valencia y Murcia, y en Xerta organizó un besamanos y un tedéum y se paseó bajo palio entre la multitud. Lewis Gruneisen me contó un detalle, que él había conocido de primera mano, que dice mucho del carácter de Cabrera. El rey, en uno de sus protocolarios agradecimientos, invitó a Cabrera a que se sentase junto a él en la lancha que atravesaba el río, y Cabrera entonces dejó salir sus maneras un tanto rústicas rechazando la invitación y marchándose a sentar a popa. Los cortesanos lo consideraron un desaire, y no entendieron que aquel rechazo significa entre la gente humilde otro agasajo de voluntaria humillación. El caso es que Cabrera sí debió de sentirse un poco raro entre tanto perfume de fantasía, y lo que pudo ser complejo terminó siendo tomado por soberbia.
Fuera como fuese, Cabrera jugó después una baza maestra. En vez de llevárselos directamente a Cantavieja, hizo tiempo para que cuando llegara el rey al Maestrazgo se encontrase con toda la abundancia que le habían negado los catalanes. Para eso mandó entonces a Llangostera por toda la comarca, para que reuniese víveres y los almacenara en Cantavieja, y mientras tanto dirigió la Expedición al sur, hacia tierras de Valencia.
Cabrera sabía que los valencianos tienen otra forma de ser. Atacaba los pueblos y los sitiados le organizaban fiestas y le presentaban a sus mujeres, y plantaban fallas y le guisaban paellas, y le decoraban con millones de flores los tedeums y los besamanos y todas esas ceremonias con boato que tanto gustan a los españoles. Lewis Gruneisen dice en sus memorias que los valencianos habrían hecho eso de todos modos, si llega don Carlos como si llega María Cristina, o como si no llega nadie. La diferencia con respecto a Cataluña está en que luego, cuando por fin se largó aquella procesión de zánganos, los valencianos no tuvieron que reconstruir sus casas ni marcharse a otro lugar.
Hartos de comer y de beber, de fiestas y bailes y coqueteos, cuando habían arrasado ya las huertas y en la lonja no quedaba más pescado, Cabrera los invitó a su casa. El Maestrazgo era su casa, la prueba fehaciente de que el carlismo hacía prósperos los pueblos, por lo menos los que se fuesen a encontrar en la ruta. Lewis Gruneisen se pregunta si Cabrera ya sabía que cuando pasase la comitiva él sería el dueño y señor de estas montañas, o si lo decidió en Madrid. La leyenda dice que fue entonces cuando, decepcionado por tanto esfuerzo valdío, el general Cabrera se encastilló en el Maestrazgo. Lewis piensa que ya lo sabía todo, que todo lo tenía planeado.
El caso, en fin, es que, cuando la Expedición llegó a La Iglesuela, Cabrera se alojó en su casa, en su cuartel general, en la capital de sus dominios, Cantavieja, y a mí me recibió en lo que debían de ser las dependencias del Ayuntamiento. Me sorprendió su juventud, apenas treinta años, pero no el aire inquieto de su mirada ni su imparable actividad. Como poco daba golpecitos en la mesa con el mango del látigo, pero en nuestra conversación no cesó de mirar por la ventana, abrir cajones, sacar legajos, mirarlos al trasluz y volverlos a meter, acariciarse los bigotes con la pluma de escribir, echarle aliento al cargador de una pistola para abrillantarla con la manga de la levita, o, de vez en cuando, mirarme de arriba abajo con sus ojos puntiagudos.
–Así que vienen ustedes desde el Rallo.
–Sí, señor.
–¿Y cómo es que no vinieron con el resto de la tropa? –dijo Cabrera.
–Estuve atendiendo a un herido.
–Bien hecho –dijo, y se asomó a los cristales–. Con usted viajaba un guía.
–Sí, señor.
–Y aquí hoy no ha venido ningún guía de Navarra.
–Pensé en salir de aquella emboscada por el camino más corto, nada más.
–Es decir, que abandonó la columna que iba a Fortanete y salió corriendo –dijo, rascándose con energía y ruido la pelambre del pecho.
Me detuve a tiempo de no dar más explicaciones. No quería que me disparase una filípica sobre el ardor guerrero.
–La verdad es que no pudimos alcanzar a la columna que acababa de irse –dije.
–¿Estaba usted entonces de acuerdo en desobedecer las órdenes del rey? –dijo, y se preparó para cortar con un certero latigazo una pluma que se había entretenido en sujetar debajo del tintero para que asomase un poco por encima de la mesa.
–No sabía que fuesen del rey. Pensé que era una disputa entre iguales.
–¡Y lo era, ya lo creo que lo era! –dijo, destrozando con el látigo el canto de la mesa. Eso lo puso colérico, estuvo un rato mirando el látigo y frunciendo los labios como si estuviera a punto de descargar un exabrupto. Cerró los ojos y apretó los labios, como quien traga una copa de aguardiente, y cambió de convesación.
–¿Usted sabe que los ingleses no están actuando como cabría esperar de ellos?
–Sí, señor, si se refiere a Evans y Sarsfield, porque otros colaboramos con la Causa y lo hacemos con orgullo y...
–¡Y lord Palmerston, y el desgraciado de William Lamb! ¡Ah, si yo pudiese hacer daño a ese cretino! ¡Ah, si yo tuviera delante a su familia! ¡La cortaría en rodajas con este látigo, le daría el mismo trato que le dieron a mi madre! –dijo, y después, bajando la voz, como un Hamlet de pueblo, añadió:– Esta ira, esta sofocación del espíritu es la pena que arrastro desde que mataron a mi pobre madre. Su recuerdo me sumerge en una selva de rencor, me hincha de veneno... ¡Pero bueno! –dijo, volviendo a tocarse el bigote–, usted hará algo menos monstruoso, ¿no?
–Soy corresponsal de guerra del Morning Post.
–¿Corresponsal de guerra?, ¿y eso qué es?
–Es un trabajo nuevo. Mi jefe, que se ha quedado en La Iglesuela para entrevistar al rey y mandar crónicas a Inglaterra, es un pionero del oficio. Antes había que enterarse por las cartas de los oficiales o por los partes del generalato. Ahora todo el mundo está enterado de las operaciones de una batalla con muy pocos días de retraso.
–¿Ah, sí? –murmuró, mientras se rascaba sus partes.
–¿Y se puede saber qué hace su jefe en La Iglesuela?
–Entrevistar al rey, captar el ambiente de la expedición...
–¡Al rey y a todo cristo!, ¿o me tomas por idiota? ¿Te piensas que me toco las narices?, ¿crees que el general Cabrera, nada más batir en glorioso cuerpo a cuerpo a las tropas liberales en la histórica villa de Cherta, va a venir aquí, a su casa, y no se va a enterar de que estáis entrevistando y haciendo retratos a todas esas panteras de la corte?
Entonces se fue detrás de la mesa, abrió un cajón y sacó un panfleto que me tiró a los pies para que yo me agachase lenta y humildemente a recogerlo. Era un librito titulado Don Carlos y sus defensores, lleno de retratos de carlistas importantes y encomiásticos esbozos biográficos, de un tal Isidro Magués.
–¿Es eso lo que hacéis en el Morning Post?
–Más o menos, pero siempre con información reciente –dije yo.
–¿Y en vuestras informaciones tampoco habláis de mí? ¿Habláis de don Carlos y sus defensores y no habláis de mí? ¿Dices que ofrecéis información reciente y no habláis de mí, ni me hacéis un retrato?
–Le aseguro que nuestra intención era entrevistarlo y retratarlo.
–Ah, y por eso tú, que tenías que ir a Fortanete porque al rey le dio la gana, te has desviado a Cantavieja para hacerme un retrato, y me has traído, de regalo, un cañón de fabricación británica. ¿No es así?
–Podríamos tomarlo así –dije yo–. Le aseguro que...
–¡Pues hala! –me cortó el general Cabrera–. Hazme un retrato –dijo, y se sentó en la silla y puso los pies en la mesa, y dijo:– ¡Quiero pasar a la Historia con los pies encima de la mesa!
Yo bajé a por mis bártulos. Sentado en una pilastra de los soportales, al lado del burro, estaba Miguel.
–Espérame aquí, Miguel. No te muevas ni te vayas con nadie. Y recuerda: no le digas a nadie que estás muerto.
–Bueno –dijo Miguel.
Subí otra vez, y mientras pintaba lo que Cabrera deseaba ver, me acordé de la otra versión del general, la que me había dado Miguel, esa misma mañana, nada más salir de La Iglesuela, antes de volverse loco. Me habló de un tal Monforte, de Burriana. Cuando Cabrera mandó al general Sanz a conquistarla, acorralaron a un retén de veintitantos liberales que se hicieron fuertes en la iglesia pero luego se rindieron. Fueron hechos prisioneros y conducidos a Cantavieja. Allí los asomaron al barranco y los fusilaron por orden de Cabrera. Entre aquellos prisioneros iba Monforte, con su padre, que apenas podía tenerse en pie. Suplicaron a sus guardianes que le dejasen ir encima de un jumento, y éstos le ataron una soga al cuello y otra a los pies y lo ciñeron al burro como si fuera una albarda, hasta que el pobre hombre pidió ser fusilado. Y así fue, con sarcasmo y ensañamiento, delante de su hijo, hasta que éste también pidió la muerte y lo colgaron de un árbol con la misma cuerda con que habían torturado a su padre, y lo acribillaron a bayonetazos. Tiraron los cuerpos a un pozo, desde el que dos días después aún se oían los gemidos.

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