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lunes, agosto 29, 2005

VII. Música de cámara

Pintar a don Carlos María Isidro de Borbón no fue difícil: era idéntico a mi tía Holly, pero con largos bigotes de moco. La lengua gorda, la nariz perfilada, la mandíbula de mayordomo y esa mirada de no creerse nada de lo que le están diciendo. El recuerdo de mi tía Holly me ayudó a que don Carlos no saliese con cara de tonto.
Después de pasar entero el día anterior de marqués en marqués, pero sin entrar en las dependencias de Su Majestad, como lo llamaba todo el mundo, por fin subí la espléndida escalera de la casa, de estilo imperial, con dos meandros de tres tramos que confluían en la amplia, regia escalinata de entrada al piso superior. Yo mismo me sentí más altivo al subirla, pero los balaustres eran celosías de madera muy tupidas y el pasamanos del barandal, aun siendo de madera noble, había sido esmerado por manos campesinas, y eso le daba al cuartel un aroma de campo que las ceras olorosas de los carlistas no pudieron mitigar. Creo que esa escalera tuvo la culpa de que permaneciese allí la Expedición una semana, porque era la escalera que los carlistas hubiesen querido subir en Madrid, aunque de momento se conformasen con escalinatas de provincias.
En el gran vestíbulo del primer piso un enjambre de aristócratas aguardaba la salida del Pretendiente. La Expedición llevaba en una carreta con seis mulas los muebles del salón real, que don Carlos ordenó disponer en aquella sala de armas, incluida una curiosa tarima de tres peldaños en el más alto de los cuales estaba el sillón torneado del rey. Los camareros sacaban bandejas con embutido; las criadas, vestidas con mandiles de puntillas y cofias que les venían grandes, rellenaban los vasos de vino. Un cuarteto de viento interpretaba fragmentos de El barbero de Sevilla.
Lewis Gruneisen me hizo estrechar varias docenas de manos antes de que pudiese disponer mis bártulos. Entre mano y mano, en inglés y en voz baja, Lewis me iba reprendiendo.
–¿Puede saberse dónde te metiste anoche?
–Estuvieron a punto de matarme.
–Mariscal de campo don Alonso Cuevillas.
–Encantado.
–Te saltaste un puesto de guardia.
–Eso no es cierto, Lewis. Hablé con el puesto de guardia.
–Brigadier don Luis López del Plan.
–Cómo esta usted.
–Los soldados del puesto no te dispararon.
–¿Y eso tú cómo lo sabes?
–Coronel José María Aguirre, escolta de Su Majestad.
–Hola.
–No te metas donde no debes, Charles. ¿Qué viste en la ermita?
–Flores y símbolos druidas.
–Mariscal de campo y jefe de los guías de Navarra don Pablo Sanz.
–Qué tal, Mariscal.
–No te dejes llevar por tu buen corazón, Charles. No te fíes de nadie, y no le saques al rey la cara de tonto que tiene porque si no nos fusilan a los dos, ¿entendido? –dijo Lewis Gruneisen, con sonrisa de circunstancias, mientras esperábamos a que se abriera la puerta de doble hoja que comunicaba con las habitaciones de Su Majestad.
Yo había conseguido que pusiesen la tarima y mi caballete junto al balcón, después de algunos forcejeos absurdos porque ése no era, según dijo no sé qué brigadier, el sitio más distinguido. A pocos pasos rey, con un recado de escribir, se sentaba el notario real, un pobre hombre que tenía la penosa labor de transcribir todas las tonterías que se dijesen en la sala, y junto a él su secretario particular, civil, con pajarita, a quien todos llamaban don Satur, y que no dejaba de vigilar a la concurrencia y cuchichear al rey. Conmigo, al lado de la ventana, esperaba Lewis.
El rey se retrasaba y me puse a mirar por el balcón. Más allá de los jardines pasaban las carretas con reses desolladas. Me llamó la atención un mozo, quizá porque no llevaba uniforme o porque no había visto mozos en el pueblo que no perteneciesen a ningún batallón. No tardé en reconocerlo. Lewis también se percató, y dejó caer una sonrisa de regodeo.
–¡Vaya, Charles! –me susurró en nuestra lengua–, creo que me apresuré a pagar una apuesta que no había perdido...
Era el chico de Manzanera, el que encontramos en el ventorro y Lewis intentó convencer de que se viniese con nosotros a la Expedición. Creí que había podido evitarlo, pero Lewis no necesitaba más que unos minutos para convencer a cualquiera de lo que le diese la gana. Iba con unos calzones hasta la rodilla, unas alpargatas de esparto, una blusa y una boina negra, no la boina vasca de los carlistas, sino una boina pequeña, parda, encasquetada.
Sentí pena. Y entendí las voces que había escuchado en la ermita, y que hasta entonces había creído que eran murmullos de soldados liberales, dispuestos al asalto del pueblo –creía yo– con la complicidad del señor Pitarch.
–Por favor, Lewis, yo te pagaré lo que tú me digas, pero baja inmediatamente y esconde a ese chico.
–No tengo otra cosa mejor que hacer –se mofó Lewis.
–Lewis, ese chico es carne de cañón. ¿No te has fijado en que todos los heridos son muy jóvenes? Los veteranos los mandan a la vanguardia y de paso se los quitan de en medio para que no les falte la ración.
–¡Basta, Charles! ¿Te has vuelto loco? ¿No te das cuenta de dónde estamos?
Era verdad, estaba loco. Me acababa de entrar un ataque de piedad. La imagen de su madre me provocaba escalofríos. Hasta entonces, pese a la desesperación de mis palabras, Lewis y yo habíamos estado hablando como quien intercambia nombres de nubes, pero yo empecé a sudar y a imaginarme al pobre chico reventado por la metralla.
–Entonces iré yo –dije, muy decidido.
–¡Calla, estúpido!
Yo apreté los dientes e hice ademán de marcharme, pero Lewis me detuvo.
–Quédate aquí. Yo iré.
Lewis abandonó la sala cuando las puertas se abrieron y un paseíllo de servidumbre se derramó por el salón. Detrás, escoltado por generales con la boina puesta, salió don Carlos, pequeño, enfermizo, chaparrudo. Subió con paso marcial los escalones de la tarima, levantó al vuelo los faldones de la levita y se sentó en el sillón.
–Majestad–dijo don Satur, el confidente–, este joven retratista inglés ha hecho un trabajo excelente con otros miembros de la Expedición.
Aquel sujeto dejó caer la mano vuelta, como si fuese un obispo, para que le besase la mano. Lewis Gruneisen tosió, y yo le di un beso en la mano como cuando, en aquellas deliciosas tardes de Hamstead Heath, me presentaban a señoritas estúpidas: les cogía la mano y la subía hasta mi nariz, en un movimiento de látigo, seco y expeditivo, que dejaba a las pobres con el brazo dolorido para el resto de la tarde. Pero un jefe del ejército que aspira a ser rey no puede lloriquear a sus institutrices, como hacían ellas.
–¿Cómo te llamas, hijo mío?
–Mi nombre es Lamb. Charles Lamb..., majestad...
–No entiendo por qué los ingleses nos han cogido de pronto esa manía, ¿verdad, Sebastián? ¿Qué diría mi querido almirante Parker? ¿Os he contado la historia del almirante Parker, cuando fletó un barco para trasladarme de Portugal a Inglaterra? ¿Te lo he contado, Sebastián?
Sebastián era un joven de mi edad, sobrino de don Carlos, que paseaba por delante de la música con las manos en la espalda y la cabeza baja. Cuando la levantaba, bajo su bigotillo ralo se veía un raro frunce de la boca, una rara desorbitación de los ojos. Tuve que hacer muchos esfuerzos para no pintarlo con cara de loco. Era el único que no llevaba el traje de gala. Iba en camisa, con el lazo suelto y los puños desabrochados. Sólo se adivinaba su condición militar por las botas y los calzones rojos. Lewis me contó que, con su victoria en Hernani, al frente de todo el ejército carlista, la fama se le había subido a la cabeza y ya paseaba como Napoleón.
–Sí, majestad, conozco el episodio –dijo.
En ese momento unos tacones cruzaron la sala y se cuadraron delante de don Sebastián.
–Su Alteza, pido permiso para que se reúna el Estado Mayor urgentemente.
–¿Qué pasa ahora? –dijo el infante don Sebastián.
El coronel Lacy, Gobernador del cuartel general, se inclinó para susurrar unas palabras al oído del infante.
–¿Qué pasa, qué pasa? ¿Qué es eso de secretear en mi presencia?
El coronel Lacy cruzó con el infante una mirada de titubeo, dio más taconazos hasta donde yo estaba pintando y se volvió a cuadrar, con tanto aparato de piernas que casi me tira el caballete.
–¿Qué coño pasa ahora? ¿Me voy a tener que quitar de aquí en este preciso momento? ¡Si cambio ahora de postura, luego ya no me va a salir la misma!
Lewis Gruneisen volvió a entrar en la sala, apuntó una reverencia y se acercó sonriente hacia mí. Yo le pregunté con la mirada. Él me tranquilizó con los labios.
–Tenemos un problema con el suministro, majestad –estaba diciendo el coronel Lacy–. No hay comida para toda la tropa. No será posible quedarnos hasta el lunes como habíamos previsto.
–¡No te fastidia! –dijo don Carlos, sin mudar el gesto–, ¡con lo bien que se está en esta casa y lo fresca que es! ¡De eso nada!
El infante Sebastián se acercó sin levantar la cabeza.
–No te preocupes, Miguel. Mandaremos una división a otro pueblo. Que vayan los Granaderos de Castilla.
–¡No! –interrumpió don Carlos–, que vayan mis navarricos, los Guías de Navarra, que comen como limas, ¿verdad, Genaro?
–¡Pero adónde, majestad, si las partidas de aprovisionamiento vuelven con los bolsillos vacíos! –suplicó don Genaro, jefe de los Guías de Navarra.
El coronel Lacy sacó un mapa del bolsillo.
–Hay un pueblo a no más de cinco leguas de aquí, Fortanete, bien resguardado, con mucho monte y ganado de altura.
–No conozco Fortanete –dijo el Pretendiente–, pero es que, con la paliza que nos estamos pegando... ¡Anda!, tengo una idea. Charles...
–¿Sí, majestad?
–Cuando acabes el retrato, ¿por qué no te vas tú también con ellos y me traes unas imágenes del pueblo? Me vendrá bien para los discursos, ¿verdad, Sebastián?
Lewis no movía un músculo.
–Con mucho gusto, Majestad –dije, y seguí pintando.
–¡Satur! –dijo don Carlos–, búscale un ayudante a este señor inmediatamente.
–Ya lo tiene, majestad –intervino Lewis Gruneisen–. Es un chico de Manzanera que nos acompaña en el viaje y nos sirve como criado.
–Pues ea –dijo don Carlos–, y no se hable más: que se vayan a Fortanete, que aquí estamos en la gloria.

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