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lunes, agosto 29, 2005

VIII. El chico

Pensaba que lo habían encarcelado, y que lo iban a fusilar. Nada más entrar en el pueblo, mientras sus ojos se acostumbraban al espectáculo de los caballos y los uniformes, a más gente de la que había visto nunca en su vida, un soldado lo agarró del brazo:
–Eh, tú, muchacho, ven conmigo.
El soldado lo llevó hacia el camino de Villafranca, pero al llegar a la plaza otro soldado los detuvo.
–¿Adónde vas con él?
–A dar un paseo, mi sargento.
El chico ya había escuchado antes esa forma de hablar. Se lo escuchó contar a los arrieros que lo llevaron hasta Mosqueruela cuando se escapó de casa.
–Trae acá –dijo el sargento–. Yo se lo daré.
Y el sargento se lo había llevado en sentido contrario. Durante todo el camino el chico intentó explicar al soldado que él sólo quería unirse a la Causa, luchar como él, llevar un uniforme como él. Aunque fuese muy joven, ya sabía herrar a los caballos, decía, pero el sargento parecía estar sordo, y cada vez caminaba más deprisa y le apretaba más el brazo.
–No soy un chico –acertó a decir cuando empezó a pensar que todo era inútil.
El sargento lo mandó callar. Se metió con él por una calle y fueron a parar a un convento. Pasaron junto a un crucero del que colgaba una enorme vaca muerta. Él y un cura gordo que cuando pasó a su lado hizo la señal de la cruz lo metieron en un cuartucho, cerraron la puerta y pasaron el cerrojo.
Y allí estuvo, sentado en el suelo, hasta que yo terminé de retratar a don Carlos y a don Saturnino y a don Sebastián y a toda la parentela carlista, bien entrada la noche. Cuando abrí la puerta del cuartucho se sobresaltó y me miró con los ojos del animal que va a ser sacrificado, los ojos de las personas cuando saben que van a morir, más allá del orgullo, la firmeza o la desesperación, como cuando ya se ha perdido la fuerza para suplicar y el sentimiento muere antes que la vida. El muchacho se levantó, se quitó la boina, y la cogió con las dos manos en el pecho. Llevaba mojados los calzones, pero nunca se le vio una lágrima.
Cuando me reconoció tras el resplandor de la vela, la vida le volvió a los ojos, y se atascaba intentando que lo recordase, que él era el chico del ventorro, que había hablado con mi amigo...
–¡Silencio! –le grité.
Yo estaba de muy mal genio. Me dolían las manos, y sobre todo los oídos. Después de ocurrírsele a don Carlos que los Guías de Navarra se fuesen a Fortanete, los cortesanos más allegados empezaron a pedirme retratos de última hora, con una insolencia que yo sólo resistí por la presencia sosegante de Lewis. La división partiría con la fresca, al amanecer, y tampoco me quedaba mucho tiempo para descansar.
Se llamaba Juan. Era rubiales, espigado, uno de esos mocetones a los que les crecen más deprisa los huesos que la encarndura. En ese desajuste de crecimiento se veía que aún era un niño. Él dijo que tenía más, pero dudo de que llegase a los quince.
–Toma, ponte esto –le dije–. ¿No querías servir al rey?
Lewis Gruneisen, tan meticuloso como aquellas personas que cuando hacen un favor piensan también en el siguiente, había dejado en mi cuarto un hato con ropa militar y una carabina. Antes, a la salida del cuartel real, me había dado a mí una pistola y un bastón con estoque camuflado.
Vestido con el uniforme de los Guías de Navarra el muchacho parecía un pífano. Los calzones rojos se le descolgaban de las botas, pero la casaquilla gris de ojales amarillos le venía un poco pequeña y la boina le tapaba la cara con el vuelo. Él mantenía, no obstante, el gesto serio y temerario que se le supone a un soldado.
–Muy bien –le dije–. Puede valer. A partir de ahora eres un soldado del noveno batallón de Guías de Navarra, al mando del coronel don Tiburcio Saiz. ¿Has entendido?
–Sí señor.
–Pero eso, por lo que a ti respecta, no significa nada. Tú eres mi ayudante particular, y yo soy tu jefe, el que te da las órdenes. Si no me obedeces a mí tampoco estás obedeciendo al coronel Tiburcio, ¿me has oído?
–Sí señor.
–Y harás todo lo que yo te mande, y si se te ocurre separarte de mi lado sin mi permiso y no estar donde yo te diga, le diré a Tiburcio que te fusile.
–Sí señor.
–Tiburcio es amigo mío –dije yo, como si fuese un niño.
Llevé al muchacho hasta mi aposento y le ordené que se acostara y que no abriese a nadie la puerta en mi ausencia. Aún llevaba las manos hinchadas de tanto bigotazo, pero había alguien con quien era preciso hablar. Como un buen criado, Juan se apresuró a darme los guantes y la chistera, y también el bastón armado, cuyo león de plata empuñé consciente de que quizás esa noche sería preciso emplearlo.
Salí del convento, dejé a mi izquierda el matadero, un arroyo de sangre cuajada, y me metí en una calleja cuesta abajo que iba a parar delante de la plaza de los Estudios. Me dejaba llevar por el abrazo fresco y sereno de la noche, que había limpiado en silencio el resplandor de las hogueras y volvía a mostrarse inmensa y acogedora como la noche anterior en la ermita.
El portón de entrada de la casa donde nos alojamos nada más llegar a La Iglesuela estaba entreabierto, pero yo seguí caminando hasta el lavadero, y en vez de cruzar al cuartel real me escondí en la sombra de unas yedras y esperé a que pasase la guardia.
Me encaramé a un pilar desconchado donde podía meter la punta de la bota. Sin apenas hacer ruido con las hojas dejé caer mi cuerpo al otro lado de la tapia, que estaba bastante más profundo que la calle, y al caer casi me tuerzo un tobillo. Comprobé con fastidio que por lo menos los cuatro batallones de los Granaderos de Castilla hacían allí sus necesidades. Caminé junto a las paredes, oculto por la sombra densa de los aleros de las corralizas dentro de la sombra transparente de la noche.
Alcancé la tapia siguiente con la respiración contenida, y también la salté. Allí no olía mal y los dondiegos perfumaban el jardín. Había luz en la cocina de la casa. Camuflado en unas parras vírgenes me fui acercando hasta la puerta del corral. Me deslicé de espaldas al muro, hasta llegar a la ventana de la cocina, me quité la chistera y me asomé sigilosamente por uno de los cristales. El barón de los Valles, el marqués de Valdespina y el cura Echevarría estaban jugando a los naipes bajo la luz temblona de una bujía. El cuarto jugador no estaba, habría salido un momento.
Volví a la puerta de la cuadra. Dentro estaban los caballos del barón y del marqués, dos magníficos ejemplares de raza española, de largas crines y grupas poderosas. Salí por la puerta que comunicaba con la despensa y me orienté por el resplandor de una palmatoria que veía oscilar como si alguien la llevara en una mano y con la otra estuviese revolviendo los cajones. Caminé con cuidado hasta la puerta y vi al señor Pitarch sentado a una mesa, medio adormiscado, y a su mujer recogiendo los platos.
–Buenas noches –dije, saliendo de entre las sombras.
La mujer del señor Pitarch ahogó un chillido de terror. El señor Pitarch se despertó de golpe, pero el primer gesto de su cara no fue de defensa ni de alarma, sino esa reacción concentrada de quienes saben permanecer serenos.
–Ustedes perdonen –dije en voz baja, y traté de explicarles.
–¿Y por qué no ha entrado por la puerta?, dijo la esposa del señor Pitarch, que se llamaba Victorina.
–No quería despertar sospechas.
El señor Pitarch me hizo pasar y cerró la puerta. Era una recocina de las que se usan en los días de matanza, con jácenas de yeso para guardar la conserva en tarros y una chimenea con campana en forma de ojiva y brasas frías sobre los ladrillos.
–Usted dirá en qué puedo servirle –dijo el señor Pitarch.
Yo le dirigí una mirada interrogante que desvié con discreción hacia donde estaba la señora Victorina. Pero ella fue más rápida que nosotros dos:
–Aquí puede usted decir lo que le dé la gana, señor. Usted haga lo que quiera pero váyanse, por el amor de Dios, porque nos están arruinando la vida.
–Victorina... –dijo el señor Pitarch.
–Es cierto, señor Pitarch. La señora Victorina tiene toda la razón. Esto es un disparate –dije yo, muy serio.
El señor Pitarch me ofreció un vaso de vino. Yo le hablé con claridad.
–Señor Pitarch –le dije–, anoche, en la ermita, alguien intentó matarme.
–Los guardias andan borrachos..., no sucede más porque Dios no quiere.
–No, señor Pitarch –le dije, y apuré el vaso de vino. Lo dejé en la mesa, tragué el amargor de la pez y lo miré a la cara:– No sé quién fue, pero estoy seguro de que los guardias no fueron.
–¡Ay, Francisco! –dijo la señora Victorina–, ¡no te metas en líos!, ¡no quieras saber nada de esas cosas, Francisco!
–Mañana salgo hacia Fortanete y quiero saber si la persona que me disparó anoche va también en esa Expedición.
–¡Y yo cómo puedo saber eso!
–Señor Pitarch –le dije–, pasé la noche en la ermita, no volví al pueblo. Y vi lo que tienen allí guardado.
–¡Ay, Francisco! –dijo la señora Victorina–, ¡que ya te lo decía yo!, ¡que algo malo iba a pasar antes de que se fuesen todos estos mangantes!
El señor Pitarch volvió a rellenar el vaso. Era un vino viejo y peleón, vinazo de áspera uva, que tintaba los labios de violeta. Al señor Pitarch le temblaba el pulso.
–Si he venido aquí es para advertirles de que no me parece un lugar seguro. Tarde o temprano, algún soldado se llevará allí a una moza y descubrirán el pastel. Usted no sabe cómo se las gastan estos mentecatos.
–Sí lo sabemos –dijo el señor Pitarch, con el pulso recuperado–. Recuerde usted que conocemos a Cabrera.
–¿Y no había una cueva, un lugar más apartado? ¿No sabían que la Expedición estaba a punto de llegar?
–¡Ay, Francisco! –dijo la señora Victorina– ¡No te vayas de la lengua, Francisco!
–¡Calla, Victorina! –dijo el señor Pitarch.
–Señor Pitarch –dije yo–, mañana me voy a Fortanete y mi único interés es sacar de esta gusanera a un chico como aquellos que tienen allí encerrados, como aquellas muchachas muertas de miedo que yo pude ver anoche, sin que ellas me viesen a mí, supongo. Sé que no se andan con contemplaciones. Esta misma mañana, un soldado se ha llevado por delante a este chico mío, y ha tenido que intervenir un sargento para que me lo devolviesen. No sé lo que hubiera sido de él.
–¡Nada! –dijo una voz recia, de hombre fuerte y joven, detrás de mí. Era el soldado que la noche anterior, en la ermita, quería que silbase una jota.
Yo cogí el bastón, pero el señor Pitarch me apaciguó poniendo su mano encima de mi brazo.
–No se asuste, señor –dijo el señor Pitarch–. Es mi hijo.

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